viernes, 30 de diciembre de 2011

El que no se contenta es porque no quiere


Nada como las imágenes que proporciona la miseria del pueblo para que un recio militar bien emparentado con la burguesía comercial y la élite administrativa de Toledo, haga su imaginación volar hasta los más hermosos páramos de un jovial pasado, donde todo ocurría como si estuviera escrito en el libro del destino. Volviendo al toque de corneta hacia sus cuarteles en el Alcázar, los jóvenes cadetes como Ibáñez Marín revivían la inopinada fiesta de la sangre española ante la fachada de aquella Posada donde harapientos mendigos se convertían en alegres estudiantes, disminuidos arrieros en pícaros y hampones, y macilentas sirvientas en bellas y danzarinas Costanzas. El “ciego churrullero y astroso”, al tañer su “mugrienta vihuela”, rodeado en la puerta de la posada por la “turbamulta de fregatrices y mozos de garbo”, antes que reanimar el sensual “ritmo demasiadamente erótico de los bailables de hogaño”, debe haber actualizado en las sensaciones del espectador, algo que quisiera haber visto con sus propios ojos, mejor que con los de la imaginación. Su ilustrador, Banda, lo ha descrito a la perfección en el dibujo. Ibáñez Marín nos cuenta lo que hubiera deseado contemplar in situ.

“Subiendo por la cuesta del Carmen, en el altozano que hay bajo el arco de la Sangre, la brava y abigarrada muchedumbre se revuelve en jacarandosa zambra. Mozas de mesón oliendo a rasuras, y doncellas de casas de estado, manchadas de aceite las sayas y con tufillo de cocina todo el cuerpo; mancebos del hampa y mozos de mulas con su “punta de rufianes, su punto de cacos, y su es no es de truhanes”; aguadores, azacanes, cicateruelos, cuatreros y varones de mohatra, todos se confunden y aparean, haciéndose rajas al compás de folias y zarabandas que brotan de la guitarra de Lope.

A lo largo de la calleja, grupos de embozados atisbando la fiesta, y jóvenes afiliados al “baldeo y rodancho”, ganosos de armar zalagarda y de echarlo todo a doce; asomándose a los huecos de alguna “casa llana y venta común”, señoras de trinquete, embaidoras aconchadas, Elicias de averiado cuño y de resabios mortecinos; alguna dueña melindrosa con tocas y vainilla, y finalmente, en toda la estancia el rás rás rumoroso de las pisadas, las risas provocativas de la legión fregonil, el ruido de las castañetas, el arranque de los caldeados camaradas, y flotando por encima de todo, la voz del gentil y marrullero Carriazo, que excita, mueve y requiere, porque

El brío y la ligereza
En los cielos se remoza,
Y en los mancebos se ensalza,
Y sobre todo se entona.
El baile de la Chacona
Encierra la vida bona
.”

José Ibáñez Marín. Recuerdos de Toledo (Madrid, 1893), págs. 21-22.

domingo, 3 de julio de 2011

Georges Lecomte en la Posada de la Sangre, 1896.


Cuando se abandona la España Negra, la primera ciudad donde la alegría y la vida comienzan a resplandecer es Toledo. Una ciudad donde el pueblo protagoniza las imágenes con toda la voluptuosidad de la antigüedad concentrada en costumbres y escenarios de ruinas intactas. Una ciudad enrojecida bajo el azul profundo, que engulle la veloz carrera del largo tiro de mulas a través de una puerta dorada. Grupos de asnos con sus sabios y estoicos conductores ascienden pesadamente las difíciles pendientes, hundiéndose en la masa de arquitecturas a través de estrechos y misteriosos pasajes, parecen confluir en la posada, semejante al centro motor de la vida antigua y presente de Toledo.

"...los asnos penetran bajo un portal. Es la entrada a una posada. En el muro, un letrero avisa que Cervantes escribió allí una parte de Don Quijote. En efecto, estamos tentados de creer que él nos la ha descrito. Es en todo parecida a las bastas ventas donde sus héroes fanfarronean y son manteados.
Imaginad un patio interior entre muros deteriorados y negros. Las mulas, los asnos piafan, rebuznan, tiran de la correa que les ata a los pilares de una galería circular bajo la cual unos campesinos, abatidos en sus fatigadas poses, duermen, comen o sueñan despiertos acechando alguna ganga. Hay que pasar por encima de los detritos, de los montones de paja sucia. Sobre este suelo viscoso, el ir y venir de gente es incesante. Aquí, una cuadra cuyas profundidades están llenas de tinieblas. Esta noche, se escuchan los relinchos, las coces, los juramentos, los choques de los arreos y las cadenas. Allí, el albergue donde unos puercos se exaltan en torno a las cacerolas. Más lejos, una escalera carcomida conduce a los dormitorios del piso, cuchitriles sofocantes y pestilentes, no menos sórdidos que la habitación en que el arriero de Cervantes esperaba, sobreexcitado, a la sensual Maritornes. ¡Qué carácter tiene este hormigueo de gentes en el patio infecto, bajo esas galerías en ruinas! Es un aspecto, todavía intacto, de la vieja España, que informa sobre la vida de los campesinos, de los vagabundos y de los arrieros. A continuación, cuando los encontramos en las callejas, parece que los conocemos mejor.
Sabemos dónde van a parar y a reposar sus bestias. Y por el aspecto de su posada, imaginamos cómo pueden ser sus moradas y su vida en ellas".

Georges Lecomte. Espagne. Paris. Bibliothèque Charpentier. 1896.