domingo, 8 de enero de 2012

Excursiones fotográficas a Toledo


Y seguimos con José Ibáñez Marín, ahora como propagandista y animador del excursionismo de la buena sociedad madrileña a la ciudad de Toledo, expediciones en las que la parada en la destartalada posada era inevitable. En las giradas por la Sociedad Española de Excursiones aparecían invariablemente las cámaras fotográficas en manos de sus participantes, y ya ni era el ojo mismo, sino la mecánica del diafragma y la lente, lo que aportaba a la imaginación el contenido de sus visiones. Por aquel lugar pasó la efectuada el 15 de enero de 1899, que tuvo en Ibáñez Marín su directo promotor, y en su curso los ensayos fotográficos de Cabrerizo, Estremera y Lafuente ensancharon la experiencia artística del viaje. El 12 de marzo volvieron los excursionistas con sus cámaras, esta vez para contemplar los fantásticos descubrimientos que González Simancas había verificado en el ermita del Cristo de la Luz, con José Macpherson como principal registrador fotográfico. Y el 20 de mayo, una vez más en tan breve intervalo, la sociedad excursionista madrileña hacía su jornada toledana con vuelta en el día, “las carteras llenas de notas y las máquinas fotográficas cargadas de clichés”. En 1901 ya había realizado Baltasar Hernández Briz sus principales trabajos en la ciudad, y entre ellos posiblemente ya se encontrara la vista estereoscópica que en el patio de la Posada de la Sangre retrataba a uno de sus humildes clientes preparando el atelaje de su sobrecargada acémila. La recién creada Sociedad Fotográfica de Madrid tenía en Toledo el destino favorito de sus excursiones. Sus participantes se hacían retratar en torno a un velador en el patio del Hotel Castilla, en el intermedio de sus incursiones en el laberinto. En 1902 las visitas a Toledo fueron consideradas las más interesantes de las efectuadas por la sociedad. Su director Antonio Cánovas, o Dalton Kâulak como también gustaba llamarse, desarrollaba frecuentes jornadas fotográficas en la antigua capital en aquellos años:

“Por entonces estaban muy en boga las excursiones fotográficas y las que Cánovas realizó a Toledo (donde coincidió con el insigne Cabrerizo cabe la campana gorda de la Catedral, fundamentándose en tan elevadas regiones una de las amistades más estrechas y sinceras que conocemos), … En todas sus fotografías, sin embargo (y así lo demuestra el copioso archivo de aquella época que más de una vez hemos visto), se advertía ya el alborear de una nueva tendencia fotográfica. Las pruebas de Cánovas propendían inconscientemente a la composición y el retrato artístico. Mientras sus compañeros apuraban los diafragmas en los claustros de la Catedral de Toledo, Cánovas defendía que era mejor y producía mayor ambiente, más verdad, el trabajo a toda apertura de objetivo, y enfocaba rincones del jardín y componía escenas de género con la familia del jardinero. Mientras sus amigos de entonces se extasiaban con el sepulcro de Cisneros en Alcalá, Cánovas retrataba a la fila de mendigos que imploraban la caridad a la puerta de la Colegiata, o sorprendía un cuadrito al copiar la genuflexión de un viejo que mojaba los dedos en la pila del agua bendita…” (La Fotografía. Nº 56. Mayo 1906. 6-7)


Recurrentemente, los escritos de Cánovas ponen de manifiesto el peso que concedía a la actividad de los aficionados para el desarrollo de la técnica y el arte fotográficos. Para el común de los amateurs, como él mismo se consideraba, la ciudad de Toledo era la mina inagotable de imágenes y sensaciones visuales que también era para los pintores. El peso de los escenarios urbanos de la ciudad era para todos ellos tan relevante, como ligeras las presencias populares, los escenarios íntimos, de sensibilidad sencilla y vida concentrada en sus cuadros. Pocos aficionados como Cánovas, se hubieran atrevido a retratar el pequeño drama de la vida de los empleados del Cementerio General. “El aficionado a la Fotografía que vive en Madrid o viene a la corte y no va a Toledo, merece… revelar toda su vida con hidroquinona”.


Bien pronto Cánovas decide hacer de la tarjeta postal un medio de difusión de sus imágenes, pese a identificarla en sus escritos como uno de los elementos que a su juicio intervienen en el “rebajamiento de la Fotografía”. Son cada vez menos los aficionados que cargan con sus cámaras para visitar a la vieja y viuda ciudad: las tarjetas postales, cuando no las fotografías comerciales que podrá adquirir, le proporcionarán semejantes rendimientos. “Allí las venden a 10 céntimos iguales a las buenas que podía uno hacer con su cámara…” Y entre aquéllas, las editadas por el propio Kâulak, como esta vista del patio de la Posada, que disipa sus contornos de impresión visual para hacerse mirar como se mira a un cuadro.