Paseando por las calles que rodean el claustro catedralicio llegaba Francisco Alcántara, crítico de arte, ante una pequeña puerta con cristalera en el rincón donde la catedral gótica parecía hundirse en sus cimientos, con una cortina de luz solar sobre la que se recortaban sus perfiles y cresterías, esparciendo “sombras y reflejos por tan misterioso interior de ciudad fantástica”. De esa ciudad exhibía aquel escaparate las fotografías cuyo autor afirmaban los letreros “Alguacil. Portada de la casa de la Hermandad. Alguacil, verja de la capilla mayor. Alguacil, banderas de Lepanto en la catedral. Alguacil, la posada de la sangre”, y todas transportando la vivida impresión que el viajero recogía en tiempo real a cada paso, eran a su vez “como la realización de los sueños sublimes de un artista”. Corrían los años de 1885 o 1886, mas cuando veinte después visitó Alcántara al fotógrafo toledano ya establecido en la calle del Comercio, éste se había convertido en la más generalizada fuente de información visual sobre su ciudad a disposición en archivos, museos, colecciones, y cuantos periódicos y revistas, libros de arte y viajes prestasen su atención a aquellas ruinas, repletas de tesoros y tan visitadas por los turistas. “Los aspectos monumentales y los detalles escogidos por Alguacil en Toledo han ido extendiéndose mediante la fotografía, como onda civilizadora, por todo el mundo culto”, nos dice Alcántara, ya en 1906. Una de las imágenes mediante las que descubriría, en su primera visita a Toledo, la figura de Casiano Alguacil, era como él mismo nos dice, la hábil perspectiva del patio de la Posada de la Sangre. Una visión total dirigida a retratar el espacio en su completa singularidad, articulado la imagen, como en el mismo edificio, por la necesidad de la estructura arquitectónica. En el patio contemplado así, envolviendo el ojo del fotógrafo, dos de aquellos campesinos o arrieros que componían la habitual clientela del establecimiento, departen sentados en ambas sillas, pero por lo demás, en el resto de sus recovecos y estancias, la posada parece desierta. Semejante esfuerzo para retratar en lo más característico aquella imagen que, a fin de cuentas no dejaba de ser más que un pobre interior doméstico, se vería recompensado con fama, si no con fortuna, desde que sus primeras copias en papel albuminado comenzasen a comercializarse.jueves, 19 de marzo de 2009
Dando imagen a un mito
Paseando por las calles que rodean el claustro catedralicio llegaba Francisco Alcántara, crítico de arte, ante una pequeña puerta con cristalera en el rincón donde la catedral gótica parecía hundirse en sus cimientos, con una cortina de luz solar sobre la que se recortaban sus perfiles y cresterías, esparciendo “sombras y reflejos por tan misterioso interior de ciudad fantástica”. De esa ciudad exhibía aquel escaparate las fotografías cuyo autor afirmaban los letreros “Alguacil. Portada de la casa de la Hermandad. Alguacil, verja de la capilla mayor. Alguacil, banderas de Lepanto en la catedral. Alguacil, la posada de la sangre”, y todas transportando la vivida impresión que el viajero recogía en tiempo real a cada paso, eran a su vez “como la realización de los sueños sublimes de un artista”. Corrían los años de 1885 o 1886, mas cuando veinte después visitó Alcántara al fotógrafo toledano ya establecido en la calle del Comercio, éste se había convertido en la más generalizada fuente de información visual sobre su ciudad a disposición en archivos, museos, colecciones, y cuantos periódicos y revistas, libros de arte y viajes prestasen su atención a aquellas ruinas, repletas de tesoros y tan visitadas por los turistas. “Los aspectos monumentales y los detalles escogidos por Alguacil en Toledo han ido extendiéndose mediante la fotografía, como onda civilizadora, por todo el mundo culto”, nos dice Alcántara, ya en 1906. Una de las imágenes mediante las que descubriría, en su primera visita a Toledo, la figura de Casiano Alguacil, era como él mismo nos dice, la hábil perspectiva del patio de la Posada de la Sangre. Una visión total dirigida a retratar el espacio en su completa singularidad, articulado la imagen, como en el mismo edificio, por la necesidad de la estructura arquitectónica. En el patio contemplado así, envolviendo el ojo del fotógrafo, dos de aquellos campesinos o arrieros que componían la habitual clientela del establecimiento, departen sentados en ambas sillas, pero por lo demás, en el resto de sus recovecos y estancias, la posada parece desierta. Semejante esfuerzo para retratar en lo más característico aquella imagen que, a fin de cuentas no dejaba de ser más que un pobre interior doméstico, se vería recompensado con fama, si no con fortuna, desde que sus primeras copias en papel albuminado comenzasen a comercializarse.
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