jueves 26 de febrero de 2009

Lionel Lindsay (1874-1961) y la llamada de España


En 1926 el dibujante y grabador australiano Lionel Lindsay visitaba nuevamente España, país cuyo recuerdo había nutrido su imaginación durante casi cuarto de siglo, desde que en 1902 verificase su primer viaje a esta tierra de promisión para los artistas. Ahora regresa para hacerse con un copioso almacén de sensaciones visuales, hallando en Toledo una mina a cielo abierto. La vida y el arte son allí un caleidoscópico despliegue de imágenes superpuestas, y el viejo patio de la Posada de la Sangre un lugar donde el tiempo detenido permite ponderar de un vistazo el pasado y el presente.

Lugares comunes y rasgos de la iconografía española. El trabajo de dibujar discretamente en la calle o en el café. Siguiendo el consejo de Zola, Lindsay trata de hacerse con el mayor volumen de información visual posible sobre la vida en las ciudades y pueblos de España. Tratos en el mercado, tipos familiares españoles, etc. “Nunca he olvidado este consejo, y allá donde fuera en España y localizase algo distintivo, al instante hacía una nota o esbozo para retener su inmediatez. Tales memorandums son de un valor incalculable para el artista, al objeto de poblar su obra con auténtico carácter, y yo he hecho mi propia norma de nunca introducir una figura en mi obra que no haya esbozado”. El artista debe trabajar rápido y discreto, ocultar incluso el cuaderno en el bolsillo mientras dibuja a ciegas. Están los estudios de burros, los carros de los arrieros, los preferidos de Lindsay, a quien Harold Wright apodaba “donkey Lindsay”, el burro que Azorín señalaba, según cita Lindsay, típico y consubstancial a España, con sus orientales arneses, además de los aguadores, las mujeres con los cántaros, la vida social en torno a las fuentes, especialmente en Toledo y Cáceres, una milla de cuesta para llegar a la fuente del agua más pura, “llevando los pesados cántaros sobre sus cabezas, lo que ciertamente mejora con una carretilla, pero que es tarea dura con el calor del verano, Y aún así pienso que lo prefieren al agua de las tuberías, por cuanto la fuente es el centro de toda la charla, donde chicas y mujeres pueden demorarse todo el tiempo charlando, como hacen cuando lavan ropa en el río. Es siempre una escena alegre y animada con las mujeres manteniendo sus cántaros en el borde del pilón para ser llenados por caños desde lo alto de la columna central, mientras los burros beben del agua que rebosa del vaso. Los que pueden permitírselo mandan al chico de la casa en un burro que acarrea cuatro grandes cántaros en un bastidor de mimbre, con el chico en lo alto: todo esto es grano para el molino del artista”.

Los valores de la variabilidad material del escenario, de la azarosa búsqueda pintoresca, se mantienen en la mentalidad del artista como si pese a todo, éste se mantuviera como en el pasado, contemplando asomado a un alienado mirador. Stewart Dick hubiera considerado esta necesaria búsqueda como un rasgo esencial de lo pintoresco de la ciudad: los artistas han adaptado la vieja fórmula del viaje pintoresco a la nueva actitud que debiera ser más libre en sus referencias, y es más condicionada por las circunstancias, pero queda un fondo importante, de hábitos sugeridos desde siempre por el escenario y asociados a los placeres de la imaginación. “De España como paraíso del aguafortista, tengo necesariamente que hablar con prejuicio... El dibujo cuidado no ayudará aquí al más diestro, si no tiene el sentimiento del país, transferido inconscientemente a su obra por simpatía o por entendimiento”, afirma Lindsay. Dick había advertido que aquel escenario no pertenecía “a ningún estilo de arquitectura, sino a lo pintoresco”, y sujeto a “los cambiantes efectos de luz y sombra, las brillantes armonías de color”: diluirse el objeto en sus circunstancias, la ciudad en el campo, los edificios en su atmósfera, como lo viera el mismo Beruete. Para el aguafortista, asumido este elemento de luces y sombras sobre las ruinas, resulta un excelente campo de operaciones:

“La principal atracción es la ausencia de formalidad... ese asimétrico emplazamiento de las ventanas y balcones en los muros españoles que auxilia al aguafortista en la variedad de diseño... Concentrando su atención en los espacios de luz íntegros el aguafortista puede utilizar las entonadas sombras para centrar su foco de interés, y encontrar juego para su punta en las desmoronadas piedras talladas de las soberbias portadas españolas, y las rejas de hierro nunca superadas por ningún herrero en el mundo. Luego están las torres supervivientes, palacios en decadencia con sus portadas desintegrándose lentamente, la magnificencia de los monasterios abandonados con sus cipreses centenarios y descuidados jardines, y los grandes castillos dominando el paisaje, desolado y siniestro. La variedad de materiales es inagotable”

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